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EL CURA QUE LLEVÓ SU FE DE RAMOS A MADAGASCAR PARA AYUDAR A LOS POBRES

Pedro Opeka llevo adelante la tarea titánica en la isla africana: formo una comunidad llamada Akamasoa.


En 1989 descubrió a miles de niños comiendo en un basural. Y creo allí una ciudad en la que hoy viven tres mil familias.

Aunque vivió 12 años de su adolescencia en el barrio Don Bosco de Ramos Mejía, se puede decir que su lugar está cruzando el Atlántico. Porque es en la Isla de Madagascar, África, donde el padre Pedro Opeka (67) creo casi un milagro, a fuerza de voluntad: una comunidad llamada Akamasoa, donde actualmente viven unas 3.000 familias, en un lugar que era un basural.

Su historia de fe arranco a los 10 años, al mudarse con una comunidad de padres Vicentinos, con los que termino la escuela primaria y secundaria. “Conocí la vida de Jesús en el colegio y su amor por los más pobres me impacto. Y decidí que debía imitarlo”, cuenta quien con 20 años vivió con una comunidad mapuche en Junín de los Andes. “Me impacto demasiado ver como vivían olvidados y excluidos. La pobreza en la que se encontraban me escandalizo”, asegura sobre el pueblo originario.

Sus estudios en Filosofía lo llevaron al continente europeo y pocos años después a instalarse en África. “Siempre digo que nací dos veces”, afirma. Así lo siente.

Nacido en el Oeste en 1948, “el padre Pedro” ­–como lo conocen el Europa- llego a Madagascar en 1970, para dejar su vida en la Matanza, donde hizo el secundario. “Todo era diferente al principio, los animales, la vegetación, pero especialmente la gente, sus costumbres, su mentalidad, tradiciones y su lengua, que fue lo que más me costó aprender”, dice.

Así fue como decidió vivir en la quinta isla más grande del planeta, formada por 18 tribus con cerca de 20 millones de habitantes, pero con un nivel de pobreza extremo. Su llegada no fue bien vista por el pueblo malagasy, y de alguna manera debió ganar sus corazones.

“Al principio trabajaba como albañil y en los momentos libres jugaba al futbol con los chicos del barrio. El deporte me abrió las puertas para ganar la confianza del pueblo, cuando metía un gol, nos tirábamos unos encimas de otros a festejarlos.
Por primera vez, veían a un blanco abrazar a su hermano negro festejando”, cuenta emocionado.

Se instaló durante 15 años en el sureste de Madagascar. Vivió en la selva, donde contrajo enfermedades y estuvo al borde de la muerte. Pero enfocado en el deporte, los oficios, y principalmente el amor que tenía, siguió con su trabajo. Un día, a punto de bajar los brazos, le pasó algo especial.

“No podía soportar tanta injusticia, hambre e indiferencia de parte del Estado hacia su propio pueblo”, relata. Viviendo en Antananarivo, en 1989 paso por el basurero de la Capital. “Vi un millar de niños peleándose entre residuos y me quede mudo”, cuenta y asegura que esa noche la imagen le quito el sueño. Al día siguiente, volvió para quedarse.

En un contexto lleno de violencia, alcohol, drogas y pobreza extrema, el padre Pedro, junto a un grupo de jóvenes, fundo la Asociación Humanitaria Akamasoa, que en lengua mapuche significa “Buenos Amigos”.

“Cuando se es extremamente pobre ya no hay dignidad. Habían perdido comunicación con la sociedad, vivían solos en un mundo donde el más fuerte dominaba a los débiles”, sostiene. Construyendo casas, escuelas, y realizando reuniones y charlas, lograron convencer al pueblo malagasy que estaban ahí para ayudarlos a salir adelante.

Hoy, la comunidad se divide en cinco centros poblacionales, compuestos por 17 barrios, en los que viven 17 mil personas, 60% de las cuales son menores de 15 años. Diez mil reciben educación en los jardines, escuelas y Liceo que se construyeron.

El logro de Opeka ha sido reconocido mundialmente, por eso fue nominado al Premio Nobel de la Paz en reiteradas oportunidades distintas oportunidades por Eslovenia, Mónaco y Francia, y a recibido gran cantidad de premios, el último fue el de “Cardenal Van Thuan al Desarrollo y Solidaridad”, en el Vaticano durante el año 2008.
“Nos sentimos felices de haber creido en el valor y la capacidad de trabajo del pueblo. En Akamasoa, es acción concreta. Cambiar la mentalidad no fue fácil, sobre todo cuando habían sido asistidos durante mucho tiempo por una política corrupta, asistencialista y sin metas claras de autosuficiencia”, finaliza, seguro de que con objetivos, amor, trabajo y perseverancia, cualquier sociedad puede salir de la pobreza.

La visito el año pasado: "Ve con tristeza aLa Matanza"

Aunque establecido hace muchos años en África, Pedro Opeka sabe que en Argentina siente que su familia siempre lo está esperando en su casa de Ramos Mejía.
En 2015 visitó el Partido del que tiene hermosos recuerdos y en el que se encuentra con amigos de la infancia.
“La Matanza es un lugar que quiero mucho, pero veo con cierta tristeza mi tierra en cada vuelta al país. Hay como una especie de fatalidad que siento les cayó encima, en el barrio ya no hay gente en las calles, muchas veces camino solo por las veredas y no veo a nadie. Cuando voy al almacén hay puertas cerradas, con rejas, y tengo que tocar timbre para que me atiendan. Esa inseguridad que no estaba cuando yo era chico me da mucha pena. En mi niñez había alegría, fraternidad y amistad entre todos los vecinos que creo que se está perdiendo”, sostiene con un dejo de angustia.
Asegura que- si para él fue posible transformar un basurero en Akamasoa, con gente llena de violencia- también se puede lograr más solidaridad y unión entre los vecinos de cualquier barrio de Buenos Aires.


La llave para relacionarse fue el deporte
Utilizar el deporte como medio de unión y facilitador de relaciones ha sido un mecanismo utilizado por muchos a lo largo de la historia.
Opeka, por su parte, es un gran amante del futbol, y de esa manera logro acercarse a los más jóvenes de la comunidad malgasy.
“En Akamasoa tenemos en todos nuestros barrios canchas de futbol, de básquet y pistas de atletismo de las que disfrutamos diariamente. El deporte es un camino privilegiado para aprender a luchar en la vida, porque quien hace deportes tiene la fuerza, la garra y la voluntad que también se necesita en la vida diaria para buscar trabajo, mantenerlo cuando se lo tiene y sobre todo, respetarlo”, afirma.
En las calles de la comunidad, se puede observar una frase pintada en muchos de sus muros:
“Para el padre Pedro, el deporte también es educación y es muy importante para las futuras generaciones, ya que el ser humano deberá siempre moverse y correr, cuanto más camine y corra, más sano estará”.

Su encuentro con Francisco
“El Papa Francisco es un gran profeta de nuestros tiempos”, dice Opeka sobre quien supo ser un incansable colaborador de los más pobres en los barrios porteños.
Luego de ser invitado a Roma por Benedicto XVI y sin saber de su espontanea renuncia, el padre Pedro llego al Vaticano el día que asumió Francisco.
“Quien podía imaginarse que en este Papa se escondía tanta energía, tanto amor, coraje y tanta misericordia divina”, dice sobre Francisco, con quien cruzo unas palabras.
Pero no fue solo eso: como argentino quiso llevarse una estola de recuerdo. “Me encontré con el cardenal francés Claudio Humes, que es amigo del Papa y que nos había visitado en Akamasoa unos cinco años antes. Cuando me vio, me llevo espontáneamente a conocerlo”, recuerda. “De repente me encontré adelante de Francisco, a quien le pedía la bendición para nuestro pueblo y lo abrace al estilo argentino”, cierra.


Fuente: Clarín Zonal La Matanza 07/04/2016

 

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